Un nuevo estudio del Centro Unido de Detallistas y la Universidad del Sagrado Corazón revela un sector empresarial dinámico, experimentado y sistemáticamente limitado por fuerzas que están fuera de su control.
Hay una narrativa que se repite cada vez que alguien habla de las pequeñas empresas en Puerto Rico: la del emprendedor valiente, la del negocio familiar que sobrevivió a María, a los terremotos, a la pandemia, a PROMESA. Es una narrativa verdadera, pero incompleta, porque sobrevivir no es lo mismo que prosperar, y el nuevo Perfil de las PYMES en Puerto Rico 2025, publicado por el Centro Unido de Detallistas en colaboración con la Universidad del Sagrado Corazón, documenta con precisión estadística la distancia que existe entre las dos cosas.
El estudio, dirigido por la Dra. Doris Morales-Rodríguez, analizó 141 empresas afiliadas al CUD entre octubre y noviembre de 2025. La muestra abarca sectores que van desde servicios profesionales hasta comercio al detal, construcción, salud y manufactura, con presencia en municipios que van desde San Juan y Caguas hasta Ponce, Mayagüez y decenas de pueblos intermedios. No es un retrato exhaustivo de toda la economía puertorriqueña, pero es el más detallado y metodológicamente riguroso que existe sobre este segmento en el Puerto Rico contemporáneo.
Lo que revela no es una crisis. Es algo más difícil de resolver que una crisis. Es una estructura.
El perfil del sector: pequeño, experimentado y concentrado
El 73.8% de las empresas encuestadas opera con diez empleados o menos. Casi tres cuartas partes del tejido empresarial más activo de la isla es, por definición legal e internacional, una microempresa.
Eso tiene consecuencias directas. Las microempresas tienen menos acceso a financiamiento competitivo, menor poder de negociación con proveedores, menos capacidad para absorber shocks económicos y menos margen para invertir en tecnología, talento o expansión. No porque sus dueños sean menos capaces, sino porque el tamaño determina el acceso, y el acceso determina casi todo lo demás. Lo que sí tienen es experiencia. El 45.4% de las empresas encuestadas lleva más de quince años operando. Eso significa que el núcleo del sector empresarial puertorriqueño no es joven ni frágil. Es un grupo de negocios consolidados, con memoria institucional, con redes establecidas, con conocimiento profundo de su mercado. Han visto pasar gobiernos, huracanes, recesiones y pandemias y siguen aquí.
Las microempresas tienen menos acceso a financiamiento competitivo, menor poder de negociación con proveedores, menos capacidad para absorber shocks económicos y menos margen para invertir en tecnología, talento o expansión
Christian González, estratega de comunicaciones y consultor de negocios, lo plantea sin rodeos: “Muchos de esos negocios funcionan, dejan dinero y el dueño sabe que si escala se mete en más impuestos, más permisos y más dolores de cabeza. Prefieren quedarse donde son rentables.”
La observación apunta a algo que los números del estudio no capturan directamente pero que está implícito en cada tabla: el estancamiento no siempre es involuntario. En muchos casos es una decisión racional tomada dentro de un sistema de incentivos perversos. Crecer, en el Puerto Rico actual, puede significar perder más de lo que se gana.
“Muchos negocios en Puerto Rico no están diseñados para escalar, están diseñados para sostener”, añade González. “Son extensiones del dueño. El dueño vende, cobra, decide, resuelve. Eso funciona, pero no crece. Para crecer tienes que soltar control, montar sistemas, contratar gente mejor que tú en ciertas cosas. Y en un entorno donde todo es incierto, eso no siempre se siente inteligente.”
En economías que funcionan bien, las microempresas evolucionan. Una empresa de cinco empleados que opera 15 años en un mercado razonablemente sano debería, en teoría, haber escalado. En Puerto Rico, eso no está ocurriendo a la velocidad ni en la proporción que debería. El resultado es un ecosistema activo, experimentado, resistente, y estructuralmente estancado.
Los costos que no paran de subir
35.5% de las empresas reportó aumentos en costos operativos superiores al 20% en el último año
El mecanismo más visible de ese estancamiento es el de los costos. El 35.5% de las empresas reportó aumentos en costos operativos superiores al 20% en el último año. Otro 13.5% reportó aumentos entre 11 y 15%. Combinados, casi la mitad de las empresas encuestadas está absorbiendo incrementos de dos dígitos en un período de doce meses.
Los culpables principales son conocidos pero los números los hacen concretos: los costos energéticos encabezan la lista de obstáculos con 58 menciones, seguidos de la excesiva carga impositiva con 50, y las regulaciones gubernamentales con 47. Ninguno de esos tres factores está bajo el control de la empresa. Los tres son consecuencia del entorno institucional en el que operan.
Ante esa presión, la respuesta más común fue también la más previsible: subir precios. Setenta y una empresas lo hicieron. Es una decisión racional desde la perspectiva individual, pero devastadora a nivel agregado. Produce inflación, reduce el poder adquisitivo del consumidor y contrae la demanda que esas mismas empresas necesitan para crecer.
Dos tipos de resiliencia. Solo uno sirve para crecer.
Uno de los hallazgos más matizados del estudio es la aparente contradicción entre la resiliencia que las empresas demuestran ante eventos disruptivos agudos y la vulnerabilidad que muestran ante presiones económicas crónicas. El 63.1% afirma tener capacidad de mantener operaciones durante huracanes o pandemias. Pero cuando se trata de enfrentar cambios económicos estructurales, las respuestas se dividen casi en tercios iguales entre quienes se sienten preparados, quienes no, y quienes simplemente no saben.
González identifica con precisión la diferencia entre esas dos capacidades: “Para un huracán o una pandemia tú activas modo emergencia. Generador, recortes, inventiva, adrenalina. Es intenso, pero es temporal. Sabes que en algún momento pasa y vuelves a operar.”
Lo crónico, explica, es otra categoría completamente distinta. “Es costos subiendo todos los meses, márgenes apretándose poco a poco, sin un punto claro de salida. No lo puedes resolver con una movida rápida. Te obliga a cambiar cómo operas de verdad. Ahí es donde muchos negocios fallan. Son buenísimos reaccionando, pero no están diseñados para transformarse. Y sin transformación, lo crónico te va desgastando hasta que ya no hay nada que aguantar.”
Esa distinción entre reaccionar y transformarse es quizás el diagnóstico más útil que puede extraerse del estudio. Puerto Rico ha producido empresarios extraordinariamente hábiles para la emergencia. El reto de la próxima década es producir empresarios igualmente hábiles para la transformación sostenida.
El sistema que no cambia
Si hay un denominador común en todo el informe, es la relación entre las PYMES y el entorno institucional que las rodea. Y esa relación, en casi todas sus dimensiones, es de fricción.
González Pérez señala la permisología como el punto de ruptura más urgente, pero amplía el diagnóstico más allá de un solo proceso: “Lo más importante es la certeza operativa. El empresario en Puerto Rico no sabe con qué reglas va a jugar ni cuánto le va a costar cumplirlas. Hoy es un permiso que tarda meses, mañana es otro requisito, pasado es un cambio en interpretación. Eso mata cualquier intención de crecer.”
El tiempo, añade, es una forma de capital que el sistema ignora sistemáticamente. “Un permiso que tarda seis meses es dinero muerto. Un financiamiento que nunca llega es una oportunidad perdida.” Y las experiencias, denuncia, son arbitrarias: “Dos negocios similares pueden tener experiencias completamente distintas dependiendo de quién los atienda, del municipio, o del banco. Eso crea desconfianza total en el sistema.”
Esa desconfianza tiene consecuencias medibles. El estudio reporta que solo 52 empresas de las 141 encuestadas participaron en algún programa gubernamental de apoyo. El programa más utilizado, los incentivos del DDEC, llegó a apenas 13 empresas. El programa de asistencia técnica de la ADI registró cero participantes.
Los programas existen. Las empresas no los usan. La explicación más simple es también la más incómoda: el sistema no está diseñado para que funcionen.
Cuando el gobierno no mide, no mejora
El gobierno actual esconde la cabeza como el avestruz para no descubrir nada que afecte sus narrativas de abundancia y progreso artificiales
Que el diagnóstico más completo sobre el estado de las PYMES en Puerto Rico lo haya producido una asociación del sector privado junto a una universidad privada dice algo sobre el estado de la gobernanza económica en la isla.
González Pérez no tiene reparos en nombrarlo: “El gobierno actual esconde la cabeza bajo la arena como el avestruz para no descubrir nada que afecte sus narrativas de abundancia y progreso artificiales. Cuando el gobierno no cumple, es la empresa privada y el tercer sector quienes sacan la cara, ya sea en filantropía o en ayudar al pequeño empresario.”
No se trata, aclara, de un argumento contra la participación gubernamental en la economía. “Sé que muchas personas argumentarían que el gobierno no debe inmiscuirse en la empresa privada, pero el gobierno es parte de nuestro ecosistema. Debe tener un rol facultativo y de inversión social. Pero para eso hace falta una administración competente y honrada, y lamentablemente, hace mucho que no la tenemos.”
El Perfil de las PYMES 2025 es, entre otras cosas, una invitación a que esa administración competente y honrada, cuando llegue, tenga datos reales sobre los cuales actuar. Por ahora, el trabajo lo están haciendo quienes siempre lo han hecho: el sector que produce, con los recursos que tiene, en el ecosistema que le tocó.








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